Éste verano tuve el placer de poder atravesar nuestro país de un extremo a otro. Y, a medida que avanzábamos, pude disfrutar de las maravillosas imágenes que esta vida nos brinda:
- La noche, con su oscuridad y su silencio; un momento mágico donde no cabe otra cosa sino imaginar que habrá a lo largo del camino.
- El amanecer, con sus luces casi mágicas, donde se combinan colores que parecen recien inventados. Y el rocio, que nos hace sentir el comienzo del día....
- Las montañas y el verde de mi tierra, que inunda todo el paisaje y lo hace parecer un paraíso. Ese verde con el que nos identificamos, que tocamos, que respiramos...
- El amarillo del interior, con sus campos casi infinitos de maiz, de girasoles que nos acompañan con su movimiento, de sus colores tierra y caliza...de lo diferente a todo con lo que vivimos en nuestro día a día...
- La belleza de los viñedos, esas hileras que serpenteando se unen al horizonte...
- ...Y el horizonte...y allí nuestro destino, con el mar al fondo: Un mar en calma, sereno, que parece estar esperando nuestra llegada...
- Y por fin el sol, que cansado de tan largo viaje, decide irse a descansar, dulcemente, columpiándose en las olas del mar y dejándonos un "hasta mañana".
Y no somos diferentes unos de otros, ni son diferentes nuestras tierras. Porque, al fin y al cabo, todos estamos unidos por lo que nos hace ser iguales y estar en el mismo lugar...
Miro hacia arriba y, ahí está...."lo que en verdad nos une..."

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