Desde el día que la tierra tembló, dejando a todo un pueblo a espensas del desastre, mi corazón no deja de encojerse día tras día, sintiendo en mi alma todo el sufrimiento que están pasando nuestros hermanos japoneses.
No sé si decir que nuestro Dios, o el suyo, o me da igual quien, los ha abandonado a su suerte, o si nos está poniendo a todos a prueba de nuestra resistencia. Solo sé que en éstos días me he sentido realmente cerca de una nación desconocida para mí, que mi admiración por ella es tal, que pienso que es un gran ejemplo su gran sentido del sacrificio, solaridad...supervivencia. Un pueblo que, aún en ascuas, resurge con fuerza, con fuerza por sobrevivir. Dicen que es su cultura, su religión, su forma de ser; una forma de luchar que solo despierta admiración en el mundo.
Hoy mi corazón está con ellos, y sé que mis sentimientos de esperanza, unidos a los de todo el mundo, les darán esa fuerza cósmica que dicen solo se consigue con la unión de todos nosotros.
Rezo a mi Dios para que todo acabe, que puedan "volver a nacer". Y también rezo para que ésto no se olvide nunca, porque algo tan grande no puede pasar desapercibido, ni puede haber sucedido para nada: Que nos sirva a todos nosotros para cambiar las cosas, porque nuestro mundo nos está gritando que las cosas deben de cambiar.
Hoy mi silencio es para tí, Japón. Ojalá mis lágrimas sean las únicas gotas que inunden tu pueblo: Lágrimas de esperanza.

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